Cuando todo esta silente, disfruto estar despierto cuando debería dormir, fumar cuando debiera dejarlo, y recordar cuando debiera olvidar. La naturaleza del tiempo cuando no hay compulsión alguna por deber alguno me regocija, la naturaleza de la soledad también porque caben tantas cosas en ella. He poblado esta noche sin compañía con el contenido de mi cabeza. Mañana -hoy, en 3 horas - la ciudad volverá y los buses y la corbata y un cubículo bancario. La materia de la realidad se mezclará con el sopor y escucharé y veré la rutina lejana como un sueño que se manifiesta los ratos en que mis ojos no se cierran.
Por mientras, el silencio y las preguntas que dan vueltas a mi cabeza y los recuerdos y el espejo del baño. Me arropo en ellos y me niego a dormir,
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miércoles, 16 de marzo de 2011
lunes, 25 de octubre de 2010
Armando Baeza Elizalde
Quería escribir sobre mi abuelo, el tata. Los bosquejos de cuento se fueron truncando (el oficio de cuentista me es difícil, aunque he tenido algunos aciertos), y la decisión final fue volver a este estilo extaño de narrar, tan lleno de mi, tan poco impersonal. Es la falta de oficio. Supongo que a pesar de tres años de teclear, aún soy un principiante.
El día en que estiró la pata, hubo, entre otras cosas, que llamar a la funeraria. El tata vivía en el piso 13 si mal no recuerdo (ya van casi 14 años) con mi abuela en un depto recargado de muebles con tapiz gobelino y mesas y lámparas antiguas de colores sombríos por los años. Aún no amanecía cuando llegué, y el tata ya estaba frío como un fierro y ya mostraba la lividez medio amarillenta de un cadaver. Medía cerca del metro noventa. El ataúd no cabía en el ascensor y las dos personas que lo traían lo tuvieron que subir por las escaleras. Pusieron al tata en el ataúd y le preguntamos a la abuela si quería casquete abierto o cerrado. Dijo que lo quería sellado, así que, por última vez me sente frente a ese rostro que me había hablado y paseado por el centro desde que tenía uso de razón - todos lloraban, pero yo estaba aturdido, y tuvieron que pasar largos 2 años antes que derramará las lágrimas del adiós- y le pasé la mano por la cabeza calva y las mejillas gélidas. Comprendí por primera vez que algún día yo estaría ahí, y mi cuerpo se agusanaría o sería cremado y guardado en un cofrecito de cobre -quizás le toque a alguno de mis nietos dormir con mis cenizas como yo tuve a mi abuela en una mesita los 2 años que viví con mi vieja luego de separarme.
Los tipos dijieron que el ataúd no cabía en el ascensor, y que lo mejor era que lo bajaramos por las escaleras, mientras alguíen se iba en el ascensor con el tata sentado y en el estacionamiento lo colocábamos dentro... Escándalo generalizado, mi madre gesticulando y reprobando la idea, mi abuela llorando en un sillón como una niña abandonada.... Yo me imaginaba a unos vecinos entrando en el ascensor, y bajando con un cadaver sentado: delirio puro. Negociaciones y finalmente hubo que echar mano de la billetera y pagarles por bajar el ataúd con el finado dentro por las escaleras. 13 pisos fuimos (yo y mi primo Cristobal ayudamos en la tarea) bajando lentamente, mientras se nos resvalaba para todos lados. En los descansos, dejabamos al tata en su caja para tomar aire, y fuí recordando todo lo que el viejo me había dicho, sus historias increibles, los tres muñones de la mano izquierda, donde alguna vez hubo dedos (en instrucción de reclutas, el teniente Baeza, enseñándoles a hacer bombas hechizas, cometió un error y el artefacto le explotó en la mano), Gardel, la poesía española que recitaba ya cuando estaba perdiendo la vista y no le quedaba más que recordar.
Recordé que me enseño a jugar ajedrez y a hacer palomas de papél que baten las alas. Me adoctrinó en el anti-pinochetismo (que a la larga le salió mal, porque al mismo tiempo me fui volviendo anarquista y anti militarista). Recordé su asombro y decepción cuando le dije que iba a estudiar Filosofía, su incredulidad por mi pelo largo y los aros y los jeans rajados y la música estridente. lo ví ya viejo y resignado a tener a un nieto beodo, descarriado -uno más en nuestra familia, tan llena de ínfulas siempre decepcionadas por la alta producción de rarezas, descarrío y vicios varios. Recordé uno de sus dichos ("cuerpo de tentación, cara de arrepentimiento" -referencia a alguna chica en la playa, cuyo cuerpo curvado y protuberante le llamó la atención...hasta que se dio vuelta a mirar), la vez que conoció a Ibañez del Campo y estuvo en su despacho cuando dió la orden de matar a los ocupantes del seguro obrero, sus viajes a Europa a cotizar armamento para el ejército; las historias de familiares que nunca conocí, la vez que a su padre, que no bebía, siendo joven, había salido con un par de gringas. Lo habían traido de vuelta a la casa como huasca, arrastrando, y espantada, su la abuela del tata, a partir de ese momento, instauró el vasito de vino al almuerzo (para que aprendiera a tomar).
Como big fish, no sé que fue verdad y donde comienza tu cosecha, pero me entretuviste durante años con tus historias.
Te echo de menos tata. No fuí lo que hubieras querido, pero vives en mí cada día y aún uso tu abrigo de cazador en invierno y un par de las corbatas que cada vez menos me anudo, las llevaste tú. Hojeo con Mateo los libros de la Segunda Guerra Mundial y las Mil y Una Noches con ilustraciones de Sherezada que eran tuyos. Mi hermano lleva tu anillo de matrimonio colgando del cuello, y le conté el otro día a la Antonia que cuando la llevamos a verte al asilo a los 2 años, era primavera, y el viento sopló y cayeron pétalos blancos de un árbol y tu mirabas (estabas flaco y en silla de ruedas con un chal en las piernas) y decías que llovía zeppelines ¿Qué le hubieras contado tú, de manera inigualable, antes de que se fuera a dormir? Las historias de Mur Si Ela y Go, supongo, que me contabas de niño, y a mi madre también.
Si estuvieras ahora, se que me darías el consejo apropiado para levantar cabeza...
Respetuosamente, con un par de lágrimas
Tu nieto
El día en que estiró la pata, hubo, entre otras cosas, que llamar a la funeraria. El tata vivía en el piso 13 si mal no recuerdo (ya van casi 14 años) con mi abuela en un depto recargado de muebles con tapiz gobelino y mesas y lámparas antiguas de colores sombríos por los años. Aún no amanecía cuando llegué, y el tata ya estaba frío como un fierro y ya mostraba la lividez medio amarillenta de un cadaver. Medía cerca del metro noventa. El ataúd no cabía en el ascensor y las dos personas que lo traían lo tuvieron que subir por las escaleras. Pusieron al tata en el ataúd y le preguntamos a la abuela si quería casquete abierto o cerrado. Dijo que lo quería sellado, así que, por última vez me sente frente a ese rostro que me había hablado y paseado por el centro desde que tenía uso de razón - todos lloraban, pero yo estaba aturdido, y tuvieron que pasar largos 2 años antes que derramará las lágrimas del adiós- y le pasé la mano por la cabeza calva y las mejillas gélidas. Comprendí por primera vez que algún día yo estaría ahí, y mi cuerpo se agusanaría o sería cremado y guardado en un cofrecito de cobre -quizás le toque a alguno de mis nietos dormir con mis cenizas como yo tuve a mi abuela en una mesita los 2 años que viví con mi vieja luego de separarme.
Los tipos dijieron que el ataúd no cabía en el ascensor, y que lo mejor era que lo bajaramos por las escaleras, mientras alguíen se iba en el ascensor con el tata sentado y en el estacionamiento lo colocábamos dentro... Escándalo generalizado, mi madre gesticulando y reprobando la idea, mi abuela llorando en un sillón como una niña abandonada.... Yo me imaginaba a unos vecinos entrando en el ascensor, y bajando con un cadaver sentado: delirio puro. Negociaciones y finalmente hubo que echar mano de la billetera y pagarles por bajar el ataúd con el finado dentro por las escaleras. 13 pisos fuimos (yo y mi primo Cristobal ayudamos en la tarea) bajando lentamente, mientras se nos resvalaba para todos lados. En los descansos, dejabamos al tata en su caja para tomar aire, y fuí recordando todo lo que el viejo me había dicho, sus historias increibles, los tres muñones de la mano izquierda, donde alguna vez hubo dedos (en instrucción de reclutas, el teniente Baeza, enseñándoles a hacer bombas hechizas, cometió un error y el artefacto le explotó en la mano), Gardel, la poesía española que recitaba ya cuando estaba perdiendo la vista y no le quedaba más que recordar.
Recordé que me enseño a jugar ajedrez y a hacer palomas de papél que baten las alas. Me adoctrinó en el anti-pinochetismo (que a la larga le salió mal, porque al mismo tiempo me fui volviendo anarquista y anti militarista). Recordé su asombro y decepción cuando le dije que iba a estudiar Filosofía, su incredulidad por mi pelo largo y los aros y los jeans rajados y la música estridente. lo ví ya viejo y resignado a tener a un nieto beodo, descarriado -uno más en nuestra familia, tan llena de ínfulas siempre decepcionadas por la alta producción de rarezas, descarrío y vicios varios. Recordé uno de sus dichos ("cuerpo de tentación, cara de arrepentimiento" -referencia a alguna chica en la playa, cuyo cuerpo curvado y protuberante le llamó la atención...hasta que se dio vuelta a mirar), la vez que conoció a Ibañez del Campo y estuvo en su despacho cuando dió la orden de matar a los ocupantes del seguro obrero, sus viajes a Europa a cotizar armamento para el ejército; las historias de familiares que nunca conocí, la vez que a su padre, que no bebía, siendo joven, había salido con un par de gringas. Lo habían traido de vuelta a la casa como huasca, arrastrando, y espantada, su la abuela del tata, a partir de ese momento, instauró el vasito de vino al almuerzo (para que aprendiera a tomar).
Como big fish, no sé que fue verdad y donde comienza tu cosecha, pero me entretuviste durante años con tus historias.
Te echo de menos tata. No fuí lo que hubieras querido, pero vives en mí cada día y aún uso tu abrigo de cazador en invierno y un par de las corbatas que cada vez menos me anudo, las llevaste tú. Hojeo con Mateo los libros de la Segunda Guerra Mundial y las Mil y Una Noches con ilustraciones de Sherezada que eran tuyos. Mi hermano lleva tu anillo de matrimonio colgando del cuello, y le conté el otro día a la Antonia que cuando la llevamos a verte al asilo a los 2 años, era primavera, y el viento sopló y cayeron pétalos blancos de un árbol y tu mirabas (estabas flaco y en silla de ruedas con un chal en las piernas) y decías que llovía zeppelines ¿Qué le hubieras contado tú, de manera inigualable, antes de que se fuera a dormir? Las historias de Mur Si Ela y Go, supongo, que me contabas de niño, y a mi madre también.
Si estuvieras ahora, se que me darías el consejo apropiado para levantar cabeza...
Respetuosamente, con un par de lágrimas
Tu nieto
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melancolia y otras hierbas
jueves, 6 de mayo de 2010
La Primera Lluvia
Hoy llovió por primera vez, y salí a caminar insomne bajo el cielo nocturno claro y el frio posteriores. Es cierto que han habido otras lluvias este año, pero siempre hay una, como hoy, que echa a andar el invierno sobre mi vieja y querida ciudad. Con ella, el otoño ha comenzado a caer amarillo, café y rojo sobre los patios y las veredas y pronto los árboles alzarán sus huesudas ramas ennegrecidas al cielo cargado como manos de pesadilla.
Siempre sucede lo mismo, pero hoy he notado el olor de la tierra mojada y el pino filtrándose por mis narices. Recuerdo que hace dos años llovió también, y salí a pasear un llanto amargo por las calles envueltas en una neblina densa. Esa noche, vagando, me esperaba relumbrando en el pavimento una medallita del corazón de cristo que me acompaño meses largos en los que fui sabiendo poco a poco que había perdido a mi compañera de 14 años, y frotarlo entre mis manos me sostuvo. Recuerdo que alguien escribió, muy bien de hecho, que la lluvia araña, y mi respuesta fue que la lluvia era también como un bautismo.
Me siento sólo otra vez, y por eso me gusta caminar en la noche cuando ha llovido: las personas se guardan del frío y la ciudad queda para mis pasos y para los quiltros que ladran y persiguen el poco tráfico y las escasas micros vacías. Es un buen momento para despedir lo que se ha perdido y para sentir que la llovizna que moja mi calva lava y purifica y prepara la llegada de otras caras, otras alegrías y otras penas. El creador ha puesto arte en estos cíclos simples y necesarios. Sea una medallita o el olor a tierra mojada y la luna brillando sobre el frío, siempre hay consuelo para el que tiene ojos para buscarlo, y sé una vez más que Junio son cielos pálidos pero sé también que estos cielos mudarán y estarán exhuberantes de ventolera y volantines en Septiembre. En el invierno el mundo deja atrás el color y la luz y las faldas y los ombligos al aire para mi deleite, para que pueda volver a lucirlos y llegue el verano. El camino del Tao es asemejarse a las cosas del mundo, y en el invierno tenue del alma, entiendo que pronto "la luz habrá tiznado gente sin fé"...
Por eso me gusta la lluvia.
Siempre sucede lo mismo, pero hoy he notado el olor de la tierra mojada y el pino filtrándose por mis narices. Recuerdo que hace dos años llovió también, y salí a pasear un llanto amargo por las calles envueltas en una neblina densa. Esa noche, vagando, me esperaba relumbrando en el pavimento una medallita del corazón de cristo que me acompaño meses largos en los que fui sabiendo poco a poco que había perdido a mi compañera de 14 años, y frotarlo entre mis manos me sostuvo. Recuerdo que alguien escribió, muy bien de hecho, que la lluvia araña, y mi respuesta fue que la lluvia era también como un bautismo.
Me siento sólo otra vez, y por eso me gusta caminar en la noche cuando ha llovido: las personas se guardan del frío y la ciudad queda para mis pasos y para los quiltros que ladran y persiguen el poco tráfico y las escasas micros vacías. Es un buen momento para despedir lo que se ha perdido y para sentir que la llovizna que moja mi calva lava y purifica y prepara la llegada de otras caras, otras alegrías y otras penas. El creador ha puesto arte en estos cíclos simples y necesarios. Sea una medallita o el olor a tierra mojada y la luna brillando sobre el frío, siempre hay consuelo para el que tiene ojos para buscarlo, y sé una vez más que Junio son cielos pálidos pero sé también que estos cielos mudarán y estarán exhuberantes de ventolera y volantines en Septiembre. En el invierno el mundo deja atrás el color y la luz y las faldas y los ombligos al aire para mi deleite, para que pueda volver a lucirlos y llegue el verano. El camino del Tao es asemejarse a las cosas del mundo, y en el invierno tenue del alma, entiendo que pronto "la luz habrá tiznado gente sin fé"...
Por eso me gusta la lluvia.
martes, 14 de octubre de 2008
Sleepless
2 días sin dormir decentemente deambulando por una casa silenciosa, cosa terrible cuando los pajaros llaman otro día a rodar sobre el horizonte... No poder hablar ni distraerse de lo que decanta mientras amanece, la pena lija los ojos y marca más las ojeras. Uno se planta hora tras hora frente al espejo observando como palidece, sacando la lengua, inflando los cachetes, bostezando mientras cúmulos de recuerdos, caras, cosas dichas desfilan como cuchillos e incendian la conciencia que se ha quedado sola como el cuerpo como la cama como la música como los ceniceros como el reloj silencioso como la almohada que huele a uno mismo como esta pega que no acaba nunca. Quisiera poder pensar que fui yo el que hizo y deshizo, tomo y dejó, como me es fácil pensar que todos son extraños con la excepción de mi normal persona. Pero no, ese no fui yo. No fui quien se empecinó en un intento de años de sentir lo que no se siente, de dar lo que no se tiene, ignorando eficientemente lo que se sabe a ciencia cierta... Otra fue mi parte en esa empresa: saber que se quiere y que se esta donde se quiere pero sin eficacia, sin "know how", aferrandome a algo demasiado grande para mis manos... Historia que se lleva a cuestas y que pesa como el tiempo y los años, que persisten contra todo raciocinio contra todo deseo contra toda felicidad... en todos los comienzos que llegan luego de que todo se acaba. No soy yo quien ahora quiere donde no cabe encontrar más que la pena... ¿Qué nos debemos?: You Choose right this time around... yo trataré de soñar otro sueño.
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